Lourdes Palavecino
"El Silencio después del Grito"
Celeste Moran una persona que supo salir adelante a pesar de su tragedia, supo levantarse y seguir viviendo luego de que en ese accidente perdió todo su mundo. Le costó mucho volver a salir, volver a levantarse, pero día tras día lucha para salir adelante.
El viento de la tarde se colaba entre los árboles de la calle. La casa, que alguna vez fue refugio de risas y pasos apresurados, ahora estaba detenida en un tiempo incierto. En el rincón del comedor, sobre una mesa de madera, descansaba una foto en blanco y negro. La sonrisa de su esposo e hija, capturada en un día de sol, parecía burlarse de la tragedia que había llegado para quedarse.
Celeste se sentó frente a la mesa, mirando la imagen. No le molestaba el silencio, porque ya no existían los sonidos. Hace solo 22 meses atrás, su vida era una melodía constante de conversaciones, caricias y planes a futuro. El hogar de Cele era el de cualquier madre feliz: la rutina de las mañanas, las meriendas con su hija Umma antes de llevarla a clases de baile, la compañía de su esposo, Ezequiel, al final del día. Pero ese mundo, tan lleno de vida, se había derrumbado de la manera más abrupta e imprevista.
Celeste y Ezequiel, estaban preparando todo en el salón de su madre para hacer un acto político (ya que era época de elecciones en Tucumán), su amigo en ese momento lo busco para ir a entrenar en un circuito en el Cadillal, ya que ellos practicaban motocross, llevaron las motos atrás en un thriller. Umma al ser tan cercana a su papa le pidió si lo podía acompañar, ya que, su amigo iría con su hija, él le dijo que si, así la dejarían acomodar todo un poco más tranquila.
El accidente ocurrió un 23 de febrero. Ezequiel y Umma regresaban por la ruta, cuando Cele a las 18:00 p.m. le pregunto si ya estaban volviendo, porque la reunión ya estaba por comenzar, a lo que él le mando una foto de ellos dos diciéndole que ya estaban en camino. Minutos después paso lo que solo el conductor del auto sabe, capaz fue una mala maniobra, un desliz o quien sabe. Luego lo único que sintieron fue el estruendo de los dos vehículos.
La ambulancia no tardó en llegar, pero, Ezequiel ya se había ido. Umma estaba consiente, el policía que llego primero al lugar la agarro y ella solo le pedía a su mama, le decía que la quería ver y lo mucho que la amaba, la pequeña fue trasladada al hospital donde lamentablemente murió a los 3 días, durante ese corto tiempo ella lucho por volver con su mami.
A las 18:30 su cuñado, la llamo y le dijo que tenia que ir al hospital, que Umma estaba ahí. Desesperada con un millón de dudas entro a su casa, le pidió a su papá que la llevara urgente, que algo le había pasado a su hija. Enojada porque nadie le contaba nada agarro sus cosas y se fue.
Entro a la sala de espera y vio a la madre de la otra nena, quien entre lagrimas le dijo “lo siento mucho”, en ese preciso momento algo helado le corrió por el cuerpo, pero al verla los médicos le dijeron que estaba con vida, muy lastimada, pero con vida. Al entrar al verla estaba inconsciente, no sabia si la escuchaba o no, pero, siempre trato de hablarle y cantarle algo que a ella le gustaba mucho.
Ella era una personita radiante, estudiaba baile, alegraba a todos en su familia con sus interpretaciones, a pesar de solo tener 7 años dejó una huella en cada persona que la conoció, Ezequiel quien era el amor de su vida, quien comenzó como un amor adolescente y termino siendo mucho más que eso. El quien era loco de amor por Atlético Tucumán, le compartía su pasión y amor a su hija. Hoy los dos siguen presentes en cada partido, ya que, en honor a ellos la barra conocida como "la inimitable" le hizo una bandera para que sigan estando siempre en el estadio monumental José Fierro, atrás del arco de la Chile.
Todo este tiempo ella estaba sin celular ya que se lo quitaron, en la tele de la sala de espera estaba pasando una noticia, era sobre un accidente, pero nunca relaciono eso con lo que le estaba pasando, 4 horas se demoraron en avisarle que él había fallecido, su mama y su hermana fueron las que le dieron esta terrible noticia. El corazón se le detuvo por un segundo, y luego, las lágrimas llegaron sin previo aviso. Pero esas lágrimas, tan agudas al principio, pronto se volvieron un peso insostenible. La mente se bloqueó, y su cuerpo se hizo ajeno, incapaz de procesar la magnitud de lo sucedido.
El funeral de él fue una ceremonia en la que Celeste estuvo ausente. Su cuerpo estuvo presente, sentada entre los familiares, pero su mente vagaba en un lugar lejano. Los rostros de las personas se desdibujaban, las voces se apagaban, y solo quedaba un eco sordo que la perseguía. “Lo siento mucho”, repetían, pero para ella esas palabras no eran más que ruido vacío, como el sonido de las olas rompiendo contra las rocas sin dejar huella.
A los 3 días recibió una noticia que cambiaría su vida para siempre, su niña preciada, su mundo entero había dejado este mundo. En un abrir y cerrar de ojos su vida cambio para siempre y ya nada volvería a ser igual. Los días siguientes fueron peores. El teléfono nunca sonó con la misma frecuencia, las horas pasaron con una lentitud insoportable, y la casa quedó vacía, solo habitada por el peso de la ausencia.
Cele caminaba por la casa, tocaba las paredes como si buscara un vestigio de su familia en ellas, pero nada quedaba. En la cocina, los platos seguían allí, sin que nadie los usara. En el baño, las toallas colgaban, como si el tiempo se hubiera detenido en la última vez que todos estuvieron allí, juntos.
Trataba de aprender a vivir con el dolor en su pecho, pero el vacío que había dejado la partida de Ezequiel y Umma no desaparecía. Cada rincón de la casa se había convertido en un recordatorio de lo perdido. La primera mañana que intentó volver a la normalidad, levantándose y buscando algo de consuelo en su rutina, se dio cuenta de que su vida ya no tenía sentido. Todo lo que hacía era por inercia, como si su cuerpo respondiera a un mandato sin que su alma estuviera presente.
La gente decía que el tiempo curaría las heridas, pero ella no creía en esas frases trilladas. El tiempo solo parecía alargar su sufrimiento, alargar la espera de algo que no llegaría. Ya no había consuelo en los recuerdos, ni en las fotos que le mostraban un pasado irrepetible. En la habitación de su hija, los juguetes seguían esparcidos por el suelo, y el aroma del perfume que ella usaba todavía flotaba en el aire, como un perfume envenenado que la ahogaba.
Las lágrimas llegaron, pero esta vez no eran solo de dolor, sino también de un extraño alivio. Quizá no podía comprender todo lo que había sucedido, tal vez nunca lo haría, pero en ese instante, sola en ese espacio que había sido suyo y de ellos, entendió que el amor no se va. Que, aunque la vida haya dado un golpe tan fuerte, el sol seguía brillando en algún lugar de su ser, en algún rincón del alma.
Un día, Cele decidió salir. Dejó que la luz del sol tocara su piel por primera vez en semanas, aunque la sensación le pareció extraña, ajena. Caminó por una plaza cercana, mirando las familias reunidas en los bancos, los niños corriendo, los padres conversando. Todo parecía tan distante, tan diferente. Fue allí, en medio de la multitud, que comprendió algo que nunca había querido aceptar: su vida nunca volvería a ser la misma.
Se detuvo frente a una fuente, observando cómo el agua fluía sin detenerse, sin importarle si alguien lo miraba o no. En su pecho, el dolor era tan grande como la misma ciudad, pero en ese instante, también entendió que no podría seguir siendo prisionera de ese vacío. El sufrimiento la había transformado, pero no la había vencido. Con el tiempo, aprendería a vivir con la ausencia, a cargar con ese dolor que ya no era solo de ella, sino también del tiempo que había dejado atrás.
El reloj seguía avanzando, aunque Celeste aún no podía ver el futuro. Solo sabía que, por primera vez desde la tragedia, había dado un paso hacia adelante. Un paso pequeño, un paso incierto, pero un paso. Y eso, quizás, ya era suficiente.
La casa esperaba. Y aunque el silencio persistía, ahora, en su interior, algo comenzaba a romperse: una esperanza tenue, casi imperceptible, pero que, de alguna manera, prometía que el tiempo, al final, sería su único aliado.
La ausencia de ellos seguiría siendo su sombra, pero, en algún momento, tal vez, el calor del sol volvería a ser suficiente. Como una promesa muda de que, a pesar de todo, la vida seguiría, siempre adelante, con la memoria de los que ya no están.
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